BOB DYLAN : UN ENIGMA DE 60 AÑOS

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Feb 20 2009, 19:57

KAW-LIGA'S SHELTER FROM THE STORM
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Bob Dylan: un enigma de 60 años
por Alberto Bravo

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El aniversario del legendario músico norteamericano coincide con una nueva avalancha de biografías que intentan profundizar en su todavía oscura existencia
El próximo 24 de mayo Bob Dylan cumple sesenta años. Y todavía hoy el mundo se sigue preguntando “¿quién es Bob Dylan?”. Los seguidores de su obra a través de todos estos años hablarán de una imperfecta voz perfecta, de un talento compositivo incomparable, de un descomunal amor por la carretera y por su trabajo, de una independencia y desapego por las leyes de la industria incomparables, de… Mientras tanto, el otro bando, el de los descreídos, decepcionados y escépticos, hablará de contradicciones, de gloria pasada y miseria presente, de falta de profesionalidad, de egoísmo, de mentiras, de insalvables contradicciones, de… Y lo más curioso de todo: cuanto más se habla y se escribe de Dylan menos cosas parecen saberse de él.
En estos días las bibliotecas comienzan a hacer sitio para una avalancha de nuevas biografías que trata de arrojar nuevas luces –y sombras- sobre la figura de la estrella más reservada y celosa de la música. Se trata de desvelar algo más de lo que ya se sabe: que Dylan siempre quiso ser Elvis, que viajó desde su Minnesota natal en dirección a Nueva York para ser alguien y conocer a Woody Guthrie, que su gran prioridad era la guitarra eléctrica, que le llamaron Judas por ‘traicionar’ los ideales del folk más purista, que experimentó con todo tipo de compuestos anfetamínicos, que se casó en secreto con una tal Sara, que tuvo un grave accidente de moto, que se interesó por todo tipo de músicas, que proclamó la palabra de Cristo, que no ha parado de dar conciertos…
Todo esto ha sido contado, con más o menos deformación, en miles de libros, en su mayoría sonrojantes o, al menos, decepcionantes, salvo honrosas excepciones. Las últimas indagaciones han aparecido en ‘Down the highway’, una obra por encargo del periodista inglés Howard Sounes, donde se revelan asuntos tan triviales como que Dylan se casó y se divorció de Carolyn Dennis –quien hizo coros en numerosos conciertos entre 1979 y 1986- y con quien tuvo una hija, o que posee un ‘coffee house’ en Santa Monica. Aparte de eso, más de lo mismo: mucho hasta el accidente de moto de 1966 y poco interés por sus últimos años.
En cambio, quien esté interesado en cosas recientes más serias podrá encontrarlas en ‘Song and Dance Man III’ (1999), de Michael Gray, o en ‘Invisible Republic’ (1999), de Greil Marcus, un buen estudio de una época tan fascinante como la de Woodstock, tras el accidente. Más antigua, de 1986, es otra excelente obra llamada ‘No direction home’, de Robert Shelton.
Y si fuera se ha escrito mucho y mal, qué decir de lo aparecido en España. El único esfuerzo medianamente significativo lo realizó Jesús Ordovás hace ya casi treinta años, tomando como evidente base de referencia la magnífica biografía que a comienzos de los setenta se publicó también aquí a cargo de Anthony Scaduto. Fuera de eso, la cosa ha ido degenerando desde la superficialidad, la indocumentación o la patética sordera hasta llegar a la pura idiotez, destino final de la mayoría de estas cosas.
Para aliviar tanto dislate, Editorial Milenio –que ya publicó el nada interesante ‘Bob Dylan, Canciones para después del diluvio’- acaba de sacar el trabajo ‘Bob Dylan en España, Mapas de Carretera para el Alma’, de Francisco García quien –oh, novedad- sí ofrece una obra bien documentada y trabajada, además de demostrar haber escuchado la obra dylaniana hasta nuestros días. Aquí, el autor propone una revisión de anécdotas, conciertos y seguimiento en prensa pertenecientes a todas las visitas del cantante norteamericano a la península; bastantes, por cierto.
“Es muy difícil abordar la obra de Dylan desde España. Para empezar, chocamos con la inexistencia de biografías traducidas al español. Y cuando se aborda una obra se suele hacer desde un plano absolutamente superficial”, indica Francisco García.
Su trabajado libro también contiene una revisión del tratamiento sufrido en prensa por el músico de Minnesota, con abundancia de documentación que invita al sonrojo en muchas ocasiones, habida cuenta de lo que se ha escrito sobre el artista en cuestión. “El trabajo del periodista ha ido cambiando con los años. Antes sólo existía EFE como fuente de información, pero ahora hay sobreinformación, en la mayoría de las veces deformada, e información interesada y nada fiable, como las notas de prensa. Y lo peor es que la mayoría de los periodistas se conforman con eso”, apunta Francisco García.
Por supuesto, sesenta años de Dylan dan para mucho. Miles son los artículos que hoy inundan las páginas de los periódicos y revistas de todo el mundo. Son casi cuarenta discos oficiales, en los cuales Bob ha cantado folk, blues, rock and roll, country, gospel… Y siempre mirando hacia delante. Todavía sus canciones dicen más de él que dos millones de palabras. Como dice el viejo aserto bíblico: “por sus obras le conoceréis”.

Del ‘ocaso’ al ‘Oscar’.
Sevilla. Noviembre de 1991. Dylan ofrece un extraño y breve set de cinco canciones, con sólo dos canciones propias, en medio de esa absurda y carísima parafernalia montada con motivo de la Expo. Los sesudos de turno escriben entonces cosas como “el ocaso del mito”, “enterrada la leyenda” o “canciones de despedida”. Luego llegó el sordo y duro ajuste de cuentas en forma de sensacionales conciertos –cómo olvidar aquel show de La Riviera madrileña, en 1995-, un álbum tan espeluznante como ‘Time out mind’ y premios –si es que sirven de algo- como el Grammy, el Oscar, etc.
Resulta que pocos años han sido tan fascinantes en la obra dylaniana como estos últimos. Es cierto que en los primeros años noventa los detractores de Dylan encontraron suficientes argumentos para cargar contra él. Pero muchos cometieron el error de darle por muerto, como tantas veces antes. En estas, Dylan desembarcó entre el mercadeo de Woodstock 94 y ofreció un show impresionante. Fue la culminación de una recuperación que ha venido dejando hasta hoy una impagable serie de conciertos –un centenar al año- sensacionales, bien medidos y llenos de una energía y una sabiduría tan desbordantes como increíbles.
1997 fue uno de los años más importantes de su carrera. Dylan sufrió una enfermedad vírica que a punto estuvo de costarle la vida. Poco después, se publicaba su hasta ahora última colección de canciones, después de seis años sin publicar material original. Era ‘Time out of mind’, una serie de temas excelentemente trabajados por el ingeniero Daniel Lanois y el propio autor. El resultado: un disco único, a la altura de su grandiosa leyenda, con un sonido desconocido hasta en el propio Dylan, quien volvió a evidenciar su capacidad para renovarse y, de paso, demostrar a sus contemporáneos que con cuarenta años de carrera todavía se puede inventar. Ese disco le reportó, además de excelentes críticas y un apreciable resultado comercial, su primer Grammy al mejor del año.
Things have changed, la fantástica canción incluida en la banda sonora de ‘Jóvenes Prodigiosos’, también ha recibido el respaldo de aficionados y críticos, llevándose incluso un Globo de Oro y un Oscar. Y, mientras, Columbia ha editado en Japón una bonita edición de un recopilatorio donde se conmemoran sus 39 años tocando en directo, desde las primeras grabaciones en Minnesota hasta la gira que realizó por Europa el verano pasado.
Porque Dylan sigue dando conciertos. Ayer en Japón, hoy en Estados Unidos, mañana en Europa. Y no, allí no se asiste a un ejercicio de nostalgia barata ni a una visita guiada por la sala de los horrores del museo de cera. Es, más que todo eso, una celebración. La de Dylan y la del rock and roll. ¿O no es lo mismo?

Diez discos imprescindibles

1. Freewheelin’ Bob Dylan (1963): Tras un primer disco con tan sólo dos temas originales, este segundo confirma que acaba de llegar un escritor e intérprete fuera de lo corriente. Himnos (‘Blowin’ in the wind’), apocalipsis (‘A hard rain’s a-gonna fall’), protesta (‘Masters of war’) y amor (‘Don’t think twice, it’s allright) en todo un clásico hecho por un chico de 22 años.
2. Highway 61 Revisited (1965): Lo apuntado en su anterior ‘Bringin’ it all back home’ tiene aquí su edición revisada y ampliada para un álbum que cambió para siempre el modo de escribir y concebir una canción. Con Al Kooper al órgano y con Mike Bloomfield a la guitarra eléctrica comienza el espectáculo. En fin, es el disco de ‘Like a rolling stone’… y poco más queda que decir.
3. Blonde on blonde (1966): El primer disco doble de la historia de la música es, al tiempo, uno de los grandes clásicos de nuestra era. “Sonido mercurial”, se dio en llamar. “Música para el cerebro”, dijeron los más pretenciosos. Digamos que fue la revolución definitiva y perfecta. Una cumbre de un artista que acababa de firmar tres joyas, partiendo de ‘Bringin’ it all back home’, en dieciséis meses. Casi nada al aparato.
4. John Wesley Harding (1967): Tras el accidente de moto llega la primera sorpresa. Dylan abandona la exuberancia de sus discos eléctricos y se descuelga con un apasionante catálogo de canciones austeras, con él prácticamente como único guitarrista, acompañado de bajo y batería. Sus composiciones se hacen más sencillas, así como las melodías, mientras las letras se convierten en fábulas. Ah, y ahí está el original –para muchos el mejor- ‘All along the watchtower’.
5. Blood on the tracks (1974): Dylan desnuda su alma y crea uno de los discos más bellos y desoladores jamás publicados. Con un tratamiento prácticamente acústico, aunque más rico que precedentes del mismo estilo, canta sublime amores perdidos y no olvidados (‘You’re a big girl now’), desempolva el espíritu beat (‘Tangled up in blue’) o despotrica contra todo (‘Idiot wind’). Todo aquí es grande y triste.
6. Desire (1975): No ha pasado ni un año desde su anterior y aclamado álbum cuando Dylan graba un nuevo prodigio. Para sus nuevas ideas busca músicos casi amateurs, con la violinista Scarlet Rivera a la cabeza. Y todo comienza en una calurosa noche en Nueva York y con ‘Hurricane’ metido en un lío. Efectivamente, todo un huracán.
7. Slow train coming (1980): Primer disco de su (mal) llamada trilogía religiosa. El álbum –y su gira posterior- creó una controversia sin precedentes. Dylan acababa de abrazar la religión de Cristo y lo celebraba con letras absolutamente explícitas. Fuera de tales particularidades, la trilogía es bellísima. En especial, este disco se beneficia de la gran producción de Barry Beckett y de la guitarra de un por entonces semidesconocido Mark Knopfler.
8. Infidels (1983): Dylan se encuentra inmerso dentro de un proceso creativo ciertamente febril. Pretendía sacar un disco doble, pues buenas composiciones tenía para ello, pero vistos los resultados económicos de sus discos precedentes la cosa se paró. Ni siquiera la gélida producción de Mark Knopfler pudo con maravillas como ‘Jokerman’, ‘Licence to kill’ o ‘I and I’.
9. Oh Mercy! (1989): Varios años de travesía en el desierto quedaron redimidos con un disco sensacional, íntimo y descarnado. Daniel Lanois obliga a Dylan a trabajar y de una habitación de Nueva Orleans salen diamantes como ‘Most of the time’, ‘Man in the long black coat’ o ‘What good am I’. Un álbum que mejora cada día que pasa. Como los verdaderamente grandes.
10. Time out of mind (1997): De nuevo con Lanois, Dylan se supera para crear su último gran clásico. Canciones llenas de amargura, escepticismo, nostalgia y cruel sentido del humor para un disco de blues tal y como se hará dentro de cuatrocientos años. La voz de Dylan es hermosa como nunca, como siempre. Y el sonido, sencillo y complejo al tiempo, convierte el disco en uno de los mejores no sólo de su obra, sino de la historia de la música.



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NOTA DE THE MASKED TORTILLA: Una versión mutilada de este artículo apareció en la edición de papel y digital del diario La Razón, del día 23 de Mayo de 2001.
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MR. DYLAN AND HIS FONS

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